4 lecciones de humildad
¿Alguna vez has experimentado el poder? Quizás fue cuando te dejaron a cargo de tus hermanos pequeños y podías decirles qué hacer. O pudo ser una vez que te pidieron que lideraras un proyecto en la empresa. ¿Qué tal alguna vez que te dijeron: tu decide?
Todos hemos estado en contacto con el poder, y quizás me equivoque pero, a la mayoría nos gustó tenerlo.
¿Qué pasó cuando ya no lo tuvimos? ¿Cómo reaccionamos?
Si fuimos buenos líderes, nos dio satisfacción entregar las riendas a alguien más, pero si no lo fuimos, sin temor a equivocarme puedo decir que el sentimiento fue de frustración, temor, envidia y hasta de rencor.
Bien dijo alguien: — ¿Quires saber el corazón de alguien? ponlo en el poder. ¿Quieres conocerlo más? Quítaselo.
Desde niños queremos tener el poder. Hay quienes dijeron querer ser adultos para decidir por ellos mismos. Otros quisieron tener su propio dinero para gastarlo como les placiera mejor. Nada más alejado de la realidad ¿verdad?
El poder nos da autoridad, privilegios y notoriedad, pero es pasajero.
¿Acaso no enoja que unos vehículos polarizados, sin placas visibles se crucen en nuestro camino para que pase otro vehículo con vidrios polarizados, sin placas visibles? ¿O que pasen antes a alguien más, cuando nosotros llevamos mucho tiempo en la fila? Nos enoja que alguien más tenga el poder, y no nosotros.
Quienes hemos gozado de los privilegios del poder nos molesta cuando ya no lo tenemos y alguien más sí. Así es el ser humano.
El problema aumenta cuando exigimos el poder, los beneficios, los privilegios y la notoriedad.
Por eso Salomón nos advierte: «No te des importancia en presencia del rey, ni reclames un lugar entre los magnates; vale más que el rey te diga: «Sube acá», y no que te humille ante gente importante.»
Cuando forzamos que nos traten de cierta manera, o nos sienten en lugares especiales, o cuando pedimos reconocimiento estamos caminando una línea muy delgada. La línea del orgullo. Bien lo dijo el Sabio — Tras el orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída.—
Escribo esto desde el punto de vista personal. Dios me está permitiendo estar en un proceso en donde estoy aprendiendo 4 lecciones de humildad.
Estoy aprendiendo:
- A no darme importancia delante de las personas
- A no reclamar un lugar para mi,
- A no pretender los primeros lugares
- A esperar a que me digan «sube» y no que me avergüencen al decirme «bájate».